Cuando tu lógica deja de funcionar y no te das cuenta
Hace tres años, tu organización tomó una decisión lógica con la información disponible en ese momento. Esa decisión dio forma a la manera de operar: definió procesos, estructuras y prioridades. Se convirtió en práctica establecida. En sabiduría convencional. En “la forma en que aquí se hacen las cosas”.
Pero las condiciones han cambiado. Los mercados se han desplazado. La competencia se ha intensificado. Las necesidades de los clientes han evolucionado. Los supuestos que hacían válida aquella decisión ya no lo son. Y, sin embargo, sigues ejecutando la lógica original.
Esto ocurre con más frecuencia de la que los líderes suelen admitir. Una empresa optimizó su cadena de suministro para la fiabilidad cuando ese era el factor competitivo clave. Cinco años después, la velocidad es lo que marca la diferencia, pero toda la operación sigue diseñada para la fiabilidad. Otra se reorganizó en torno a mercados geográficos cuando ahí estaba el ingreso. Hoy los canales digitales pesan más, pero la estructura permanece.
El riesgo no está en la decisión original. El riesgo está en que nadie la vuelva a cuestionar cuando el contexto cambia.
Las organizaciones que sobreviven a la disrupción no son necesariamente las que toman mejores decisiones estratégicas. Son las que revisan con mayor frecuencia las decisiones antiguas. Se preguntan: ¿sigue teniendo sentido? ¿Qué ha cambiado? ¿Tomaríamos hoy esta misma decisión?
Esto exige una disciplina concreta. No un vaivén constante —eso genera caos—, sino una revisión sistemática. No de lo que está ocurriendo, sino de por qué ocurre y de si ese “por qué” sigue siendo válido.
El enfoque de PuMP incorpora esta reflexión en el propio ritmo de la gestión de la ejecución. Al seguir de cerca si los resultados se están logrando de verdad, los desajustes se hacen visibles antes. Se alcanzan los objetivos, pero el negocio no mejora como se esperaba. Esa es la señal de que algo se ha roto en la cadena lógica.
Por ejemplo: cumples tus objetivos de eficiencia. Los procesos están más afinados que nunca. Pero la satisfacción del cliente cae. La lógica que afirmaba que la eficiencia impulsaría la satisfacción deja de sostenerse. Ese es el momento de detenerse y preguntar: ¿qué ha cambiado?
A menudo, no ha cambiado nada en el entorno externo. Lo que ha cambiado es que se ha optimizado en exceso una dimensión a costa de otra. La lógica de la eficiencia no tuvo en cuenta el coste humano de la velocidad. O el impacto en la calidad. O el tiempo dedicado a cosas que no importan al cliente.
La respuesta práctica es incorporar ciclos de revisión en el calendario de ejecución. No revisiones estratégicas anuales, sino chequeos trimestrales o semestrales que planteen preguntas claras: ¿siguen siendo válidos los supuestos que sustentan esta decisión? ¿El resultado que estamos midiendo sigue siendo el correcto? ¿Han surgido nuevas restricciones u oportunidades que no hemos considerado?
Esto no significa abandonar toda decisión que encuentre fricción. Significa ser deliberados al distinguir cuándo estamos operando con una lógica heredada y cuándo estamos eligiendo conscientemente continuar porque todavía nos sirve.
El coste de no hacerlo es un alejamiento lento pero constante de la relevancia. Ejecutas con perfección la estrategia de ayer, mientras el mercado de mañana pasa de largo.
